Alemania cambia el coche por la bici La pasión por los automóviles se enfría con la creciente conciencia ecológica de los jóvenes Hay 73 millones de bicicletas para 80,5 millones de habitantes ESPECIAL Consulta toda la información sobre las elecciones en Alemania JUAN GÓMEZ Berlín 29 AGO 2013 - 20:57 CET103 Archivado en: Ecología Elecciones Alemania 2013 Angela Merkel Bicicletas Elecciones Alemania Fabricantes automóviles Vehículos Alemania Automoción Transporte carretera Europa central Elecciones Transporte Europa Política Ciencia Industria Merkel, en el primer día de la feria Eurobike 2013. / MATTHIAS SCHRADER (AP) Recomendar en Facebook3.915 Twittear725 Enviar a LinkedIn25 Enviar a TuentiEnviar a MenéameEnviar a Eskup Enviar Imprimir Guardar Que "en Berlín no se puede vivir sin bicicleta", en boca de Martin y Susi, es una de esas verdades que suenan incontrovertibles hasta que uno consulta los datos históricos. Sí que se puede, pero cada vez menos. Su uso se quintuplicó entre 1975 y 2001. Desde 2008, se ha duplicado. Un paseo breve por el soleado Berlín de finales de agosto confirmará su pujanza en el país de gigantes del automóvil como la semipública Volkswagen, tercer fabricante mundial, o la bávara BMW y la suaba Daimler. Martin, que el miércoles se interesaba por una bicicleta nueva de acero en una céntrica tienda berlinesa, considera su coche "solo un objeto práctico". Admite que "todavía muchos alemanes mantienen un vínculo personal" con su automóvil y, según describe sonriendo, "lo lavan semanalmente y lo miman como a un hijo". Pero aunque ellos son un matrimonio con hijos, el Volkswagen de Susi y Martin "se queda aparcado en la calle y cubierto de polvo" hasta que hace falta. Las llamadas de atención a los fabricantes se han multiplicado en los últimos años. Un estudio de una universidad privada alerta de que "para más de un tercio" de los alemanes menores de 25 años, "el coche es un medio de transporte más". No están dispuestos a sacrificar sus viajes ni a reducir otros gastos para costearse un vehículo. Solo el 4% de los jóvenes consultados en 2010 prefería tener coche propio que irse de casa de sus padres. El 18% invertiría sus ahorros en un automóvil. Mala señal para una industria especializada en coches de gamas media y alta. Solo alrededor del 7% de los compradores de coches nuevos en Alemania tiene menos de 29 años. Hace poco más de diez años, representaban casi el 15% del total. La perla de la industria alemana crece gracias a las exportaciones, en alza desde hace años. Para el sociólogo berlinés Andreas Knie, "estamos ante un proceso imparable" que no se limita a las grandes ciudades o a sus barrios acomodados como Prenzlauer Berg, donde según el Senado (Gobierno regional) las bicicletas suponen el 40% del tráfico. La relación de los alemanes con sus automóviles "lleva casi 20 años enfriándose". Es generacional: las calles están saturadas de coches y quien quiera tiene acceso a uno. Su valor como símbolo de estatus o como logro personal tiende, así, al cero. Dice Knie que "hay demasiados coches, por todas partes: ya son como el agua del grifo". Pero mantenerlos es "cada vez más caro y problemático", un engorro. Tener coche propio se está convirtiendo en "una antigualla". No porque los jóvenes renuncien al individualismo que simbolizó en las décadas del milagro alemán de la posguerra; "al contrario, es porque el coche ya no encarna eso". Los alemanes "siguen siendo cada vez más individualistas, pero tienen otros distintivos, la ropa o los artilugios electrónicos portátiles". Como el teléfono móvil estadounidense que saca Paola, de 33 años, cuando necesita un coche. Si le sorprende una tormenta, cosa nada rara en el agosto berlinés, cuando nieva en invierno o cuando su hijo recién nacido le obliga a transportar bultos de peso, esta productora de televisión abre un programa en la pantalla táctil de su móvil para ver dónde hay aparcados coches de alquiler. Dice que la distancia "casi nunca supera unos minutos a pie". El coche se abre a través del programa de su móvil, que también gestiona los pagos, de entre 29 y 34 céntimos por minuto. Lo deja aparcado en el lugar de destino. Un taxi, dice, "costaría cuatro veces más". Este sistema de alquiler por periodos cortos, conocido como car sharing, se extiende por Alemania con gran éxito, redondeando el auge de la bicicleta. Es un vehículo simpático, con el punto heroico que le confieren las gestas del Tour de Francia o el Giro italiano. Así que la canciller Angela Merkel arranca sonrisas si dice que "Alemania es una nación ciclista". Cuando toca legislar es otra cosa. En otra demostración de que la potencia alemana no se mide solo en la cilindrada absurda de los Porsche o los Mercedes que fabrican sus empresas, Merkel bloqueó en junio el acuerdo europeo para rebajar el límite de dióxido de carbono que pueden emitir los coches. En Alemania, la simple sugerencia de imponer límites de velocidad en las autopistas hace que la industria y millones de alemanes pongan el grito en el cielo. Ni a los democristianos de Merkel (CDU) ni a la oposición socialdemócrata se les ocurre proponerlo en la campaña de las elecciones de septiembre. Pero según publica el Club Alemán de la Bicicleta (ADFC), en un informe patrocinado por el Ministerio de Transporte, el 24% de los alemanes mayores de 14 años dice usar la bicicleta "a diario"; el 29%, al menos una vez a la semana, y el 16%, un mínimo de una vez al mes. Con una población algo superior a los 80,5 millones de personas, en toda Alemania ruedan más de 73 millones de bicicletas. Se venden unos cuatro millones al año por unos 450 euros de precio medio. Esta marcha triunfal también encierra sus riesgos y sus conflictos. En el tráfico urbano, el ciclista es más veloz y ágil y se mueve entre el peatón y el automovilista por una zona de sombra legal, lo cual le permite saltarse las normas y reclamar el estatus que más le convenga. El automovilista alemán respeta las señales y los semáforos y espera lo mismo del pedalista, que a menudo se ve tratado con animadversión. El 90% de los ciclistas adultos tiene carné de conducir, pero el mero cambio de vehículo puede afectar como el jarabe del Dr. Jekyll: al volante de un automóvil, no pocos apasionados de la bici maldicen la profusión de ciclistas que toman la ciudad cada día.

Alemania cambia el coche por la bici

La pasión por los automóviles se enfría con la creciente conciencia ecológica de los jóvenes

Hay 73 millones de bicicletas para 80,5 millones de habitantes

Merkel, en el primer día de la feria Eurobike 2013. / MATTHIAS SCHRADER (AP)
Que "en Berlín no se puede vivir sin bicicleta", en boca de Martin y Susi, es una de esas verdades que suenan incontrovertibles hasta que uno consulta los datos históricos. Sí que se puede, pero cada vez menos. Su uso se quintuplicó entre 1975 y 2001. Desde 2008, se ha duplicado. Un paseo breve por el soleado Berlín de finales de agosto confirmará su pujanza en el país de gigantes del automóvil como la semipública Volkswagen, tercer fabricante mundial, o la bávara BMW y la suaba Daimler. Martin, que el miércoles se interesaba por una bicicleta nueva de acero en una céntrica tienda berlinesa, considera su coche "solo un objeto práctico". Admite que "todavía muchos alemanes mantienen un vínculo personal" con su automóvil y, según describe sonriendo, "lo lavan semanalmente y lo miman como a un hijo". Pero aunque ellos son un matrimonio con hijos, el Volkswagen de Susi y Martin "se queda aparcado en la calle y cubierto de polvo" hasta que hace falta.
Las llamadas de atención a los fabricantes se han multiplicado en los últimos años. Un estudio de una universidad privada alerta de que "para más de un tercio" de los alemanes menores de 25 años, "el coche es un medio de transporte más". No están dispuestos a sacrificar sus viajes ni a reducir otros gastos para costearse un vehículo. Solo el 4% de los jóvenes consultados en 2010 prefería tener coche propio que irse de casa de sus padres. El 18% invertiría sus ahorros en un automóvil. Mala señal para una industria especializada en coches de gamas media y alta. Solo alrededor del 7% de los compradores de coches nuevos en Alemania tiene menos de 29 años. Hace poco más de diez años, representaban casi el 15% del total. La perla de la industria alemana crece gracias a las exportaciones, en alza desde hace años.
Para el sociólogo berlinés Andreas Knie, "estamos ante un proceso imparable" que no se limita a las grandes ciudades o a sus barrios acomodados como Prenzlauer Berg, donde según el Senado (Gobierno regional) las bicicletas suponen el 40% del tráfico. La relación de los alemanes con sus automóviles "lleva casi 20 años enfriándose". Es generacional: las calles están saturadas de coches y quien quiera tiene acceso a uno. Su valor como símbolo de estatus o como logro personal tiende, así, al cero. Dice Knie que "hay demasiados coches, por todas partes: ya son como el agua del grifo". Pero mantenerlos es "cada vez más caro y problemático", un engorro. Tener coche propio se está convirtiendo en "una antigualla". No porque los jóvenes renuncien al individualismo que simbolizó en las décadas del milagro alemán de la posguerra; "al contrario, es porque el coche ya no encarna eso". Los alemanes "siguen siendo cada vez más individualistas, pero tienen otros distintivos, la ropa o los artilugios electrónicos portátiles".
Como el teléfono móvil estadounidense que saca Paola, de 33 años, cuando necesita un coche. Si le sorprende una tormenta, cosa nada rara en el agosto berlinés, cuando nieva en invierno o cuando su hijo recién nacido le obliga a transportar bultos de peso, esta productora de televisión abre un programa en la pantalla táctil de su móvil para ver dónde hay aparcados coches de alquiler. Dice que la distancia "casi nunca supera unos minutos a pie". El coche se abre a través del programa de su móvil, que también gestiona los pagos, de entre 29 y 34 céntimos por minuto. Lo deja aparcado en el lugar de destino. Un taxi, dice, "costaría cuatro veces más". Este sistema de alquiler por periodos cortos, conocido como car sharing, se extiende por Alemania con gran éxito, redondeando el auge de la bicicleta.
Es un vehículo simpático, con el punto heroico que le confieren las gestas del Tour de Francia o el Giro italiano. Así que la canciller Angela Merkel arranca sonrisas si dice que "Alemania es una nación ciclista". Cuando toca legislar es otra cosa. En otra demostración de que la potencia alemana no se mide solo en la cilindrada absurda de los Porsche o los Mercedes que fabrican sus empresas, Merkel bloqueó en junio el acuerdo europeo para rebajar el límite de dióxido de carbono que pueden emitir los coches. En Alemania, la simple sugerencia de imponer límites de velocidad en las autopistas hace que la industria y millones de alemanes pongan el grito en el cielo. Ni a los democristianos de Merkel (CDU) ni a la oposición socialdemócrata se les ocurre proponerlo en la campaña de las elecciones de septiembre.
Pero según publica el Club Alemán de la Bicicleta (ADFC), en un informe patrocinado por el Ministerio de Transporte, el 24% de los alemanes mayores de 14 años dice usar la bicicleta "a diario"; el 29%, al menos una vez a la semana, y el 16%, un mínimo de una vez al mes. Con una población algo superior a los 80,5 millones de personas, en toda Alemania ruedan más de 73 millones de bicicletas. Se venden unos cuatro millones al año por unos 450 euros de precio medio.
Esta marcha triunfal también encierra sus riesgos y sus conflictos. En el tráfico urbano, el ciclista es más veloz y ágil y se mueve entre el peatón y el automovilista por una zona de sombra legal, lo cual le permite saltarse las normas y reclamar el estatus que más le convenga. El automovilista alemán respeta las señales y los semáforos y espera lo mismo del pedalista, que a menudo se ve tratado con animadversión. El 90% de los ciclistas adultos tiene carné de conducir, pero el mero cambio de vehículo puede afectar como el jarabe del Dr. Jekyll: al volante de un automóvil, no pocos apasionados de la bici maldicen la profusión de ciclistas que toman la ciudad cada día.

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"Se verán cosas feas" sobre los hábitos de Michael Jackson, dice abogado Por Michael Thurston (AFP) – hace 15 horas LOS ANGELES — El abogado de la madre de Michael Jackson acusó el lunes a la productora de conciertos AEG de poner sus ambiciones por encima del bienestar de la estrella, al iniciarse un juicio en el que la defensa anunció que "se verán cosas feas" sobre los hábitos del "rey del pop". Al iniciarse el juicio en Los Ángeles de Katherine Jackson contra AEG Live, el abogado Brian Panish dijo que la productora actuó con negligencia al contratar al doctor Conrad Murray para que cuidara del cantante antes y durante una serie de conciertos que éste iba a dar en Londres. Murray, actualmente en prisión, fue condenado en 2011 por el homicidio involuntario del "rey del pop" por proveerle una dosis fatal de sedante. Citando la adicción a medicamentos y drogas de Michael Jackson, Panish dijo que "AEG ignoró las obvias señales de alerta y contrató al doctor Murray". De su lado, el abogado de AEG, Marvin Putnam, indicó que el caso va a exponer "cosas feas" sobre la estrella. "Es un caso sobre lo que es público y lo que es privado; sobre lo que mostramos al mundo y lo que no queremos que el mundo vea jamás", dijo en su alegato de apertura. "Con Michael Jackson, el público y el privado son dos mundos muy distintos". "Vamos a exponer cosas feas (...) No será una imagen bonita", añadió. Según el abogado de los Jackson, el interés de Anschutz Entertainment Group (AEG) era convertirse en el mayor productor de eventos musicales del mundo a través de los conciertos "This is it" que la estrella tenía previsto dar en Londres antes de su muerte en 2009. "AEG tenía un problema y quería resolverlo. Y no le importó quién saldría perdiendo", dijo Panish al comenzar el juicio, que durará más de tres meses. "Fueron despiadados. Querían ser el número uno a toda costa". "Michael Jackson, el doctor Conrad Murray y AEG Live, cada uno, tuvieron un papel en el resultado final, que fue la muerte de Michael Jackson", señaló, agregando luego: "Pero sin AEG, nada de esto habría ocurrido". Katherine Jackson, de 82 años, entabló la demanda en nombre de los hijos de Michael Jackson: Prince, de 16 años, Paris, de 14, y Blanket, de 11. Panish negó reportes de prensa según los cuales los hijos de Jackson pedían 40.000 millones de dólares en compensaciones e indicó que la cifra correcta es 1.500 millones, por los ingresos que dejarán de percibir debido a la muerte de su padre, entre otros. Respecto a la compensación por la pérdida emocional, el abogado dijo al jurado: "Está en ustedes decidirlo". Los dos hijos mayores podrían ser llamados a testificar. También podrían ser llamados al estrado las estrellas Quincy Jones, Diana Ross y Spike Lee, así como las dos exesposas de Jackson, Lisa Marie Presley y Debbie Rowe. Incluso podría solicitarse que Murray testificara, pero éste dijo en una entrevista que no comparecerá en el juicio para evitar entorpecer los pasos de un recurso que presentó contra su encarcelamiento. En el proceso también podrían salir a la luz las acusaciones de abuso infantil contra Michael Jackson, a pesar de que el cantante fue absuelto de todos los cargos en 2005. Jackson murió en su mansión en Los Ángeles el 25 de junio de 2009 a los 50 años por una sobredosis de Propofol, administrada por Murray, para ayudar al autor de "Thriller" a lidiar con su insomnio crónico. El artista ensayaba entonces para 50 conciertos que iba a dar en Londres, organizados por AEG. La madre de Jackson asegura que la empresa presionó mucho a su hijo para que estuviera listo para ofrecer los conciertos. Pero AEG Live afirma que Jackson tenía un historial de abusos de medicamentos desde mucho antes de que conociera a Murray.