Los riesgos de una Google-democracia

Los riesgos de una Google-democracia
Día 24/03/2013 - 12.18h

Un nuevo estudio advierte contra el potencial peligro democrático que albergan los todopoderosos buscadores de la empresa californiana

La imagen es icónica. Trece líderes de las principales empresas tecnológicas de California, incluidos Steve Jobs de Apple, Eric Schmidt de Google, Mark Zuckerberg de Facebook y los número uno de Netflix, Twitter, Yahoo, Oracle o la universidad de Stanford, levantan una copa. Les acompaña en una íntima velada el presidente de Estados Unidos, en mangas de camisa. Era febrero de 2011, pero la química entre Barack Obama y los «popes» de Silicon Valley y alrededores sigue intacta. Tanto, que algunas voces desconfiadas se preguntan si la pretendida neutralidad de las tecnologías que marcan nuestra vida es tal. Es el caso del profesor de psicología Robert Epstein, doctor por Harvard e investigador en el AIBRT, un conocido instituto de investigación sobre comportamiento y tecnología en Vista (California).
Tras tener una pugna con los administradores de Google por un incidente en su página web, Epstein decidió orientar sus investigaciones sobre comportamiento humano al estudio del impacto de una hipotética manipulación de los resultados de búsqueda en un contexto electoral. Y cree que los resultados que obtuvo son «una bomba».
En un «paper» que publicará en mayo en el congreso anual de la asociación americana de psicología, concluye, en relación a la posición de mercado de Google, que «el dominio de una empresa en el negocio de los buscadores de Internet, combinado con la relativa invisibilidad de posibles manipulaciones, podría, con el tiempo, subvertir los mecanismos que garantizan unas elecciones abiertas y libres».

Dos tercios se inclina por candidatos favorecidos

Seleccionaron a 102 personas y les sometieron a una serie de experimentos controlados en una réplica «offline» de un buscador. El contexto elegido fue el de los últimos comicios en Australia, para neutralizar los sesgos personales. En ciertas búsquedas, los resultados sobre los distintos candidatos eran manipulados. En otras no. Y según los resultados, a los que ha tenido acceso ABC, dos tercios de los participantes se inclinaron por votar a los candidatos favorecidos por la manipulación de los resultados de búsqueda, frente a un reparto de preferencias sin diferencias significativas en los experimentos no manipulados.
«Esperaba que en un experimento controlado la manipulación empujaría los resultados un 1% ó 2%», explica en conversación telefónica. «Pero lo que encontramos es una bomba, nunca había visto un efecto tan grande, subir la posición de un resultado en un ranking de búsquedas afecta claramente a la opinión de las personas, y se podría mejorar hasta un 50% la valoración y simpatía de la gente hacia un candidato u otro». Epstein no tiene pruebas de que Google manipule los resultados. «Hasta donde sé, sería imposible demostrarlo, salvo que alguien de dentro de la compañía lo denunciara, como ocurrió con las violaciones a la privacidad con el Street View», explica.

Bajo la lupa de la Comisión Europea

Por supuesto, desde Google aclaran que «los rankings de búsquedas no tienen ninguna relación con los servicios comerciales de pago de Google o con otras colaboraciones», según explica un portavoz de la compañía. «Nuestro objetivo es simple, dar a los usuarios las respuestas más relevantes a sus consultas lo antes posible porque, al final, la competencia está a un solo clic», añaden. Una competencia relativa. Google representa el 65% de las búsquedas en Estados Unidos y el 90% en Europa, una posición dominante bajo la lupa de la Comisión Europea por posibles abusos.
La segunda conclusión del estudio de Epstein es que entre el 75% y el 85% de los participantes no son conscientes de esa manipulación de los resultados. Reconoce que se trata solo de una hipótesis científica, pero advierte que «nunca en la historia una empresa ha concentrado tanto poder e influencia, la democracia podría estar en peligro». Los autores del “paper” recuerdan además que «el 50% de las elecciones presidenciales en EE.UU. se ganaron por un margen menor que el 7,6%». En este sentido, Epstein explica que «hay estudios que indican que subir solo una posición un resultado en el ranking de búsqueda mejora los resultados un 7%».
En enero del año pasado, Google detectó un virus en la página web de Epstein, programador informático desde los 13 años y ex director de «Psychology Today» (una conocida publicación científica), y le bloqueó el sitio. Sus técnicos escanearon el portal y no detectaron el «malware que denunciaban los administradores de Google.
Entró en cólera y se dirigió públicamente a los directivos de la compañía, y el caso saltó a la prensa especializada. Ahora, reconoce con tranquilidad que «el incidente me llevó a interesarme en el impacto que tienen los buscadores en el comportamiento de las personas, claro».
Pero defiende que no afecta a las conclusiones de su experimento, una carga de profundidad contra el benévolo lema oficioso de la compañía de Mountain View, «Don’t be Evil» (no hagas el mal). «La gente se aproxima a Google con la perspectiva de que lo que dice es neutral y carece de sesgo, pero es una empresa, y como tal tendrán preferencia por ciertos candidatos», defiende.
Los datos sobre donativos electorales, siquiera solo como «prueba circunstancial» de su acusación, le dan la razón. Google fue en 2012 el segundo mayor donante a las arcas centrales del Partido Demócrata, por detrás de Time Warner y por delante de Microsoft. Y sus preferencias electorales están claras: Obama recibió 801.000 dólares de la compañía de Eric Schmidt (unos 620.000 euros), por 39.000 al republicano Mitt Romney (30.000 euros). Según las cifras recopiladas por el portal de transparencia opensecrets.org, Google ha gastado unos seis millones de euros en contribuciones políticas entre 2000-2012, la gran mayoría al partido demócrata, y ha destinado desde 2003 más de 30 millones a actividades de «lobby» o presión legislativa. Nada que demuestre, sin embargo, la aventurada hipótesis de Epstein, cuyos resultados sí sirven, en cambio, de recordatorio los territorios no explorados a los que nos llevan las nuevas tecnologías.

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